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  San Ignacio nos propone realizar un bello ejercicio: la “contemplación para alcanzar amor”. Lo que Ignacio desea, es que pueda situarse ante el mundo, ante su historia personal, ante su realidad y ante su proyecto vital reconociendo cómo Dios se halla presente.
  Dios no solo pasa por la vida, sino que late en ella. Esto supone que podemos mirar a la creación y ver en toda ella, lo que significa el amor de Dios. Un amor “que sale de su propio querer e interés” y nos impulsa a transformar la creación desde y por amor.

Vivir por AMOR de Dios... para los demás
Curso 2023/2024
 

  Vivir por amor, no pretende ser un lema de palabras bonitas. Nos gustaría que fuera una invitación radical en medio de un mundo muy necesitado del amor de Dios.
  En ocasiones, en nuestro quehacer diario, nos resulta difícil ser conscientes de que Dios ha estado, está y estará en nuestra vida; que su amor nos ha acompañado desde nuestra niñez y que ha estado en nuestros momentos de dudas y de celebración. Encontramos su amor en nuestra realidad diaria, en cómo vivimos la amistad, la pareja, la soledad, nuestros horizontes, los sueños y deseos. Porque Dios, que es amor, impregna todo nuestro mundo, toda nuestra vida, toda nuestra historia, de una experiencia contracultural. Son “lugares” posibles de transparentar a Dios, de encuentro con Él.

  Vivir por amor implica, que teniendo en cuenta nuestra realidad, nuestro contexto, seamos conscientes que ese amor es la fuente que da sentido a nuestra vida.

  Cuando reconocemos en nuestra vida “tanto bien recibido” se produce en nosotros una dinámica muy natural: ser “hombres y mujeres para los demás”.
  Frente al amor que me pone en el centro, está el amor que me descentra, que me lanza al mundo, a transformarlo, a vivir no por éxito, no por alcanzar poder, no por tener seguridades, sino para poner al servicio de los demás el proyecto vital que necesitamos descubrir. Un amor que me reconcilia con un amigo, un amor que

me compromete con el cuidado de mi abuela, un amor que nos impulsa a limpiar las orillas de nuestros ríos, un amor que nos hace denunciar el trato denigrante hacia las personas sin hogar... Un amor que apueste, que se implique y que permanezca por y para los demás y por el mundo. Un amor que se ponga “más en las obras que en las palabras”.
  Esta vocación al amor tiene una dimensión personal y una dimensión colectiva. La dimensión personal, la conciencia agradecida del paso de Dios por nuestra vida, de su estar vivo y presente junto a nosotros es el motor de toda nuestra respuesta, que de otra forma quedaría vacía y limitada al puro activismo. La dimensión colectiva tiene que ver con nuestra forma de ser ciudadanos en el mundo que contemplamos. ¿Qué nos interesa, hasta dónde llega nuestra responsabilidad, en qué esfuerzo colectivo nos implicamos? ¿Dónde está nuestra mirada social? La lucha por la justicia social, el trabajo por un desarrollo humano y sostenible, la conciencia de una verdadera equidad de género, nuestra posición en lo que se refiere a la integración de las personas diferentes o la calidad de nuestra participación democrática son elementos clave de nuestra presencia en el mundo, reflejo y respuesta ante la presencia de Dios en nuestras vidas.

  ¿Y tú? ¿Cómo podrías en este curso transformar el mundo? ¿En qué espacios concretos te sientes llamado a estar y actuar?


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Presentacion de la Canción y el Lema


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